Y no esperó más! Descogió los trastos y se fue.
El día anterior había estado buscando unas pequeñas joyas para empeñarlas. La crisis le había afectado, tras la depresión, y decidió cambiar el valor de su conocimiento por felicidad.
Puso el mundo interior patas arriba, halló volúmenes enteros que discutían con interminables e inútiles argumentos sobre el viento y el agua, sobre el ser y la construcción del entorno, sobre el hoy, sobre el ayer y sobre la nada. Todo parecía pesado. Destrozó el orden de su pequeña habitación mental y comenzó a tirar cosas. La crisis este año había venido fuerte.
Las jerarquías superiores apostaban por la esperanza y la paciencia. Las inferiores defendían el caos. Yo prefirió quedarse en las del medio para valorar la mejor solución, pero se cansó a los pocos años y al llegar la crisis definitiva bajó al fondo e instauró el caos. La solución -pensó-, si la hay, está en las clases bajas.
Arrasó con todo lo inservible, vació los cajones de los cojones y tiró los muebles. Ahora todo estaba por volverse a llenar y lo haría bien, sosegadamente y desde el principio. Salió del escondite y llamó a los bosques, a los valles y al viento, pidiéndoles un riachuelo del que poder aprender. Su habitación empezaría, esta vez, a construirse desde el río y su sabiduría: desde el cambio y la permanecia, desde la fluidez y la claridad que se movía y no se movía al tiempo.
Buceó para acallar el ruido (dios sabe de dónde vendría) y se sintió tan cómodo que abrió los ojos contra la corriente. Fue entonces cuando se le empezaron a chocar frases contra los ojos hundidos; pequeñas pepitas de oro se le embotaban en la cara siguiendo la corriente y tras unos segundos salvaban el obstáculo. Rescató algunas perlas, las meditó, y luego las soltó de nuevo en la corriente del riachuelo. Los devolvió, sin quedárselo, ya nada le parecía suyo.
Permaneción en silencio, sentado a la orilla con las piernas sumergidas y el torso extendido sobre la hierba. Miraba al cielo a carcajadas, llovían, completando el ciclo, las pequeñas joyas que le habían rasgado los ojos y que había soltado en el río:
"Vale más un toma que un dos te daré."
"Dime con quién andas y en la cárcel te visito."
"El que a buen árbol se arrima, centellazo que le cae."
"Si te dan la vaquilla corre con la soguilla."
"A Dios rogando y con el mazo dando."
"Témele más a la mala vecina que a la nieve, Marcelina."
"Estudiante de día y galán de noche, malas trazas tienes de sacerdote."
"Hombre prevenido vale por dos."
"Mujer enferma, mujer eterna."
"Cabra coja no quiere siesta."
"A quien madruga Dios le ayuda."
"Al perro a flaco todo son pulgas."
"Marzo airoso y Abril lluvioso traen a Mayo florido y hermoso."
"El que hambre tiene con pan se sueña."
"En boca cerrada no entran moscas."
"Perro ladrador no es mordedor."
"Aunque la mona se vista de seda, si mona es, mona se queda."
"No rompe por lo delgado sino por lo gordo y mal filado."
"Oveja chamorra y mujer calvita... quita, quita."
"Un grano no hace granero pero ayuda a su compañero."
"Das pan a perro ajeno, pierdes pan y pierdes perro."
"Marzo tiró la madre al río abajo y la buscaba al río arriba."
"Abriles y caballeros hay pocos buenos."
"El que mucho duerme poco dura."
"Piedra movediza nunca cría mofo."
"De grandes cenas están las sepulturas llenas."
"No subas muy alto que la caída será a plomo."
"Vale más lo que deja el sol que lo que el agua cría."
"El pez grande siempre comió al pequeño."
"Un clavo saca a otro clavo."
"Debajo de la mierda está la carne tierna."
"Gente moza y leña verde, todo humo."
"Por la boca muere el pez."
"Vale más pájaro en mano que ciento volando."
"Mujer barbuda no la cambies por ninguna, si la cambias dos por una."
"Sol madrugador y cura callejero, ni el sol calentará ni el cura será bueno."
"Quien escucha de sí oye."
"Quien mal anda mal acaba."
"Colorado al poniente, sol al día siguiente."
"Nunca llueve como truena."
"Para coger cien pájaros antes hay que coger uno."
"El que tiene una mujer guapa es un peligro, pero el que la tiene fea es un peligro y una desgracia."
"En la tierra del mío hombre quien no trabaja no come."
"El que la soga trae arrastro, la suele pisar."
"El que tropieza y no cae, terreno que adelanta."
"Nadie va de romería que no le pese al otro día."
"El hombre y el oso cuanto más feo más hermoso."
Verano de una Noche de Yo.
lunes, 27 de abril de 2009
lunes, 20 de abril de 2009
Lo Fatal y No
Algo dolía, pero en el dolor parecía hallarse también la cara de la alegría. Y pensó en los seres inanimados, sin alma, y pensó en su bienestar quieto de ser sin ser. Más tarde, calmado, Godo pensó en la tristeza de no ser, en la injusticia de la inconsciencia, aun con la pena de ver y de sentir.
Y pensó que había encontrado la causa de sus condenas y de los sufrimientos y que nada podría hacer contra eso. Y se vio atado a los sentimientos, y se vio libre de la ignorancia. Yo no sabía que pensar. Calló mientras se iba.
Godo pensó: "no sé nada, pero aún, por desgracia, puedo sentir. Y además me puedo reír!" Y mató el tiempo y tiró los relojes y sobrevino la calma.
Y lloró y rió al tiempo... Y de repente la vista se le llenó de vida y parecía que le sonreía la mano mientras rozaba las plantas de su pequeño huerto, que crecía.
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
Grabación del recuerdo de Godo etiquetado como "Rubén Darío, Lo Fatal (1905).".
Y pensó que había encontrado la causa de sus condenas y de los sufrimientos y que nada podría hacer contra eso. Y se vio atado a los sentimientos, y se vio libre de la ignorancia. Yo no sabía que pensar. Calló mientras se iba.
Godo pensó: "no sé nada, pero aún, por desgracia, puedo sentir. Y además me puedo reír!" Y mató el tiempo y tiró los relojes y sobrevino la calma.
Y lloró y rió al tiempo... Y de repente la vista se le llenó de vida y parecía que le sonreía la mano mientras rozaba las plantas de su pequeño huerto, que crecía.
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
Grabación del recuerdo de Godo etiquetado como "Rubén Darío, Lo Fatal (1905).".
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