
Podría, repito, podría empezar describiendo algo del día que hacía, de las nubes negras que se aparecieron y se desaparecieron, o de aquel local, tan inesperado como buscado, lleno de un ambiente bastante cálido y bastante compartido; o, incluso, de la calle en la que me separé de mi grupo para reflexionar unos asuntos que me trajo un estornudo de un compañero (que habría hecho yo sin ese Jesús tan expulsado). Pero no lo voy hacer.
Se creería, si me preguntasen en ese momento, que estaba quieto y concentrado en una idea tan débil como las que se me solían ocurrir. En realidad, ahora lo cuento con ciertos meses de adelanto, me movía con un son pasmoso, incapaz de realizarse en una tabla como la mía, ni sobre unas olas como las mías. Que día tan lluvioso y con qué tanta armonía que se me presentaba: estabamos todos inyectados de ella. Música abstracta en estado puto, con unas trompetas y un micro enorme, tan grande que no le veíamos la cara, aunque nadie necesitara verla. Ya olvidado el estornudo, me fijaba en las líneas del micrófono tan inmóviles que parecía que se movían, justo lo contrario que yo, y que seguían cubriendola entera. A su compás se in-sinuaba y yo también que sin darme cuenta yo dirigía sus movimientos con los míos, los acompasaba para que siguiese encubierta detrás del micro, un micro muy antiguo (casi más que la música). Y todos la miraban. Y todos escuchaban.
Sin querer la besé, que armonía sonaba tanto más cuando dejó de cantar. Y los abrí, sin micro, para descubrirla, pero ya estaba descubierta. Después de sonreirme volvío a cantar y yo volví a pensar en mis amigos, que se habían separado en aquella calle, por un estornudo. Todos la miraban. Y yo también. Que incesante armonía: que continúe la música.
¿Alguien sabe qué es el ritmo?