miércoles, 22 de julio de 2009

El portazo



Era una maleta vieja, desvencijada, sin ruedas de las modernas. Apenas tenía una cremallera que a duras penas realizaba todo el recorrido, pero aún así consiguió cerrarla. No llevaba mucho, claro.

No avisó. Se le oyeron apenas unos pasos porque le habían crecido las uñas, pero ni avisó ni se despidió ni se demoró. Como quién se levanta por la noche a por un vaso de agua, así se fue. Tan sólo nos quedó el portazo, un portazo fortalecido por el aire (el aire siempre sabe cuando soplar fuerte o flojo), que llegaba hasta el centro del cerebro para quedarse del susto que había tenido del ruido del propio portazo. Se quedó grabado en la memoria y entre sueños mal despertados, entre otras cosas, porque no era él muchacho de muchas exageraciones. Él era listo, sabía escuchar y acompañar, sabía enseñar mientras se pronunciaba el silencio o una brisilla cerca del mar venía desde el frente hasta su nariz, que levantaba para gozar todo ese "vientito" que venía directo para acariciarle y decirle a voz en grito, pero suavemente: "estás vivo". No discutía, admitía los errores, callaba las culpas de los otros...

Sospechábamos que algo le rondaba por la cabeza pero quien pensaría que fuera capaz de una cosa así; irse sin previo aviso. Más bien estaba avisando, éramos nosotros los que no queríamos ni podíamos escuchar cómo nos decía que ya tenía que marcharse. No aceptábamos el hecho vital de la renovación y la muerte, del cambio implícito en cada uno de los segundos que transcurren en el minutero. Quisimos retenerlo hasta siempre y por lo mismo se fue. Y es verdad, ahora se me ocurre, que daba señales de querer, tener, que irse allá afuera, allá a las sombras, allá en un espacio que no era el nuestro. Entre su carácter y nuestra ignorancia no escuchábamos sus terribles pasos hacia la puerta. Pero si escuchamos el portazo, aquel que dio al salir, porque supimos en una iluminación que ya habíamos aprendido a gozar del "vientito" que viene de frente para recordarnos que estábamos vivos, ya habíamos aprendido a estar en silencio y a escucharlo, también supimos que habíamos aprendido a querer y a escuchar como él nunca dijo que debía hacerse pero que hacía; sabíamos ya aceptar los errores propios, los caracteres ajenos, las situaciones... Las situaciones. Escuchamos el último portazo porque por fin, y tarde, sabíamos aceptar las situaciones y dejamos de luchar contra los océanos.

Era una maleta muy vieja para que la llevara él solo hasta la puerta y a través de la calle. Al escuchar cerrarse esa puerta invencible me levanté para retenerlo, para gritarle que ya estaba todo bien, que había escuchado lo que tenía que decirme y que lo quería! Pero me detuve frente al espejo cuando me vi con las lágrimas. Me sorprendí. No podía ir a abrir la puerta ahora. Fue entonces cuando descubrí el trozo de tela de la maleta vieja que se había hecho tan deprisa para irse sin aspavientos. No se merecía una maleta tan vieja, sobre todo porque no hacía justicia a todo lo que podríamos meter de él en ella. Y tampoco se la merecía porque era todo blanco y la maleta toda negra. Nisiquiera tenía ruedas la maleta vieja para sus patas cansadas y supurantes. Le dije adiós, te quiero mucho, aunque se me olvidó decírtelo cuando era tiempo de alegría. Te quiero, le dijimos de nuevo.

El veterinario me dijo, días después, que había dejado la maleta en la puerta, se había quitado el collar, y se tumbó en la plancha fría para recibir caballerosamente la inyección de su próximo viaje. Lo diría para consolarme, pero me contó que había escrito "gracias" en su cara antes de postrarse.