sábado, 20 de junio de 2009

El extranjero

Godo esta mañana se ha despertado, que ya es bastante, pero no me ha saludado, como si no existiese; probablemente no existo, aunque esté pensando en este momento. Si no me habla, no me reconoce, no me mira ni me siente... no existo. Tal y como creía que existo debo aclarar.

Al verlo he sentido su desesperanza y la pesadez de sus pasos. Creía que seguía dormido, pero al parecer me ha despertado Godo y al mirarle creo que me he despertado a la vez. Le he mirado tan profundamente que creía (tal vez soñaba que me había despertado con él, ¡juntos!) estar dentro de su cabeza, moviendo sus pies sintiéndome en un cuerpo extraño o sintiéndome en un cuerpo por primera vez. Qué sueño tan raro... Sentía su mirada clavada en el suelo, sentía su nuca con un peso tan terrible que no podía levantar la cabeza; me he desplazado hasta sus manos por entre las arterias por la inercia del cuello pesado y he creido notar la languidez de cada uno de los dedos; me he movido por las uñas y he notado la carne que roía sin escudo en los paseos que notaba que daba días atrás; me he deslizado hasta sus pies y he notado el peso tan lento que he sentido ganas de empujar su cuerpo entero clanvando mis dientes en el suelo para impulsarnos; le he hecho cosquillas en las plantas porque sé que no puede resistirse a ellas, pero no ha notado nada y, tan casado como estaba, me he dejado caer por el talón y he notado el frío de la piedra por la que caminábamos. Después le he mirado alejarse y he lanzado una mano invisible hacia su sombra, pero no he podido tocarla, quizás por que no tengo mano, sólo ideas...

Tumbado hacia abajo con los ojos intentando mirar lo que quedaba de la figura de Godo en el horizonte he notado, no, he sabido que nos habíamos separado. Creo que siempre hemos estado separados aunque yo pensara que podríamos llegar a ser uno sólo. Y ya no sé en qué piensa Godo, ni si le pasa o no le pasa algo porque he hecho una maleta. He visto en el sueño que él también la hacía, como siempre la hace: no se molesta en poner la clave de números, ni tampoco se molesta en poner el candado a la cremallera. Yo sí lo he puesto.


Luego me he despertado y he visto que Godo se despertaba también, que ya es bastante al ver su cuerpo cabizbajo, pero no me ha saludado, y he sabido que tengo premoniciones, por eso ahora, despierto del todo, he hecho antes que él la maleta y no he puesto el candado ni tampoco me he despedido, porque ya sabía que volvería; y porque también sabía que no iba a ser esa la última vez hiciera una maleta. He intentado meter la vida en ella, pero sólo cabía un cepillo de dientes (ni siquiera cerraba si metía un silbido más).

Ya escribo desde el andén. Han puesto un nuevo sistema de altavoces en la estación para compensar el retraso de siempre. Ahora pienso que sería mejor arreglar las vías, aunque hoy prefiero que tarde un poco en llegar:



Godo ha salido por la puerta de nuestra mente pero ha hecho como si no me viese, quizás no lo ha hecho. Siempre hemos sido dos, sólamente.



Extraído del blog de objetos perdidos del niño invisible que busca entre contenedores invisibles.