Myspace Message Generators
miércoles, 24 de septiembre de 2008
sábado, 20 de septiembre de 2008
La mierda también se ríe
Yo creía, desde hace tan solo dos horas, que la salud era lo primero. En efecto, es lo segundo, como solía creer hacía 3 horas.
El cambio le sobrevino cuando se disponía a devolver una serie de ejemplares desleídos de la biblioteca, aquel ignoto edificio, con un problema ventricular, seguramente consecuencia de sus escapadas (rurales) a las clases nocturnas de danza del vientre. Pero resultó ser un alumno aventajado, y las clases a las que asistía a través de sus sueños tomaron vida propia en la propia barriga, aprendiendo ésta a danzar por su cuenta.
Fue, por acercar más el zoom a la anécdota a la cual sobrevino el cambio de opinión sobre la salud, un movimiento in crescendo. Yo pensaba en sus cosas, o en la de los demás; pensaba primero spbre el objetivo del ser humano al andar y el milagro de su consecución: primero el pie izquierdo, luego el pie derecho, o al revés, intercalándose, dándose como resultado el movimiento rectilíneo y erigido. Pensaba, además, entre gases sutiles, a modo de paréntesis cerebral, que si hubiera evolucionado la especia hacia una solo anca, un solo pie y una sola rodilla, habrían cambiado tanto los huesos diminutos del oído (los tres, que juntos, es sabido, forman la cóclea) y el modo de equilibrar cerebralmente el movimiento rectilíneo y erigido, como también hubieran cambiado las formas de desplazamiento: no seríamos más que pelícanos sin alas, jugando a la pata coja, pensaba Yo.
El compás fue acelerándose, acrecentado el ritmo, cosa por la cual el vientre empezó su danza. Todo parecía haberse soñado ya, un dejà vu, en las escapadas nocturnas a las clases de la imaginación, pero no, era real: la danza del vientre había comenzado. De pronto Yo se dijo que ya dejaría para otro momento la elucubración evolutiva del hombre y se echó las manos al bajo vientre. Le sobrevino la idea de que los gasteorópodos debían sentir un cosquilleo equivalente al suyo en sus pies ventrales al desplazarse. De esta forma aunó dos pensamientos en principio dispares y se puso a reír, con tan mal fortuna que la risa fue interpretada por el vientre propio como el estribillo de la pieza musical, lo cual originó un movimiento acelerado e histérico hacia el lavabo del ignoto edificio aquel, entre risas y lágrimas. El compás estaba en un grado supino (e superlativo) de velocidad, todo parecía una locura, como los trazos esquizofrénicos de Van Gogh.
Entonces pensó que lo más importante no era la salud, sino la risa, y comenzó un espectáculo sonoro y oloro de los más peculiares, en un ambiente cálido de silencio y de libros: no podía por menos de desternillarse, y a fe que lo hizo, a la vez que su vientre bailaba a sus anchas y el cerebro, olvidándose de todo atisbo de inteligencia casual, entonaba un in crescendo divertidísimo de un rock desde el vientre:
Yo soy Godo. Aprovecho el momento íntimo que Yo tiene con el baño, quién sabe si estará divirtiéndose de nuevo. No me gusta que no se tome en serio nada.
Vaya mierda
[De Las aventuras de Godo y Yo, contados por Godo, ediciones Ventriculares, Barcelona, 2008.]
El cambio le sobrevino cuando se disponía a devolver una serie de ejemplares desleídos de la biblioteca, aquel ignoto edificio, con un problema ventricular, seguramente consecuencia de sus escapadas (rurales) a las clases nocturnas de danza del vientre. Pero resultó ser un alumno aventajado, y las clases a las que asistía a través de sus sueños tomaron vida propia en la propia barriga, aprendiendo ésta a danzar por su cuenta.
Fue, por acercar más el zoom a la anécdota a la cual sobrevino el cambio de opinión sobre la salud, un movimiento in crescendo. Yo pensaba en sus cosas, o en la de los demás; pensaba primero spbre el objetivo del ser humano al andar y el milagro de su consecución: primero el pie izquierdo, luego el pie derecho, o al revés, intercalándose, dándose como resultado el movimiento rectilíneo y erigido. Pensaba, además, entre gases sutiles, a modo de paréntesis cerebral, que si hubiera evolucionado la especia hacia una solo anca, un solo pie y una sola rodilla, habrían cambiado tanto los huesos diminutos del oído (los tres, que juntos, es sabido, forman la cóclea) y el modo de equilibrar cerebralmente el movimiento rectilíneo y erigido, como también hubieran cambiado las formas de desplazamiento: no seríamos más que pelícanos sin alas, jugando a la pata coja, pensaba Yo.
El compás fue acelerándose, acrecentado el ritmo, cosa por la cual el vientre empezó su danza. Todo parecía haberse soñado ya, un dejà vu, en las escapadas nocturnas a las clases de la imaginación, pero no, era real: la danza del vientre había comenzado. De pronto Yo se dijo que ya dejaría para otro momento la elucubración evolutiva del hombre y se echó las manos al bajo vientre. Le sobrevino la idea de que los gasteorópodos debían sentir un cosquilleo equivalente al suyo en sus pies ventrales al desplazarse. De esta forma aunó dos pensamientos en principio dispares y se puso a reír, con tan mal fortuna que la risa fue interpretada por el vientre propio como el estribillo de la pieza musical, lo cual originó un movimiento acelerado e histérico hacia el lavabo del ignoto edificio aquel, entre risas y lágrimas. El compás estaba en un grado supino (e superlativo) de velocidad, todo parecía una locura, como los trazos esquizofrénicos de Van Gogh.
Entonces pensó que lo más importante no era la salud, sino la risa, y comenzó un espectáculo sonoro y oloro de los más peculiares, en un ambiente cálido de silencio y de libros: no podía por menos de desternillarse, y a fe que lo hizo, a la vez que su vientre bailaba a sus anchas y el cerebro, olvidándose de todo atisbo de inteligencia casual, entonaba un in crescendo divertidísimo de un rock desde el vientre:
Yo soy Godo. Aprovecho el momento íntimo que Yo tiene con el baño, quién sabe si estará divirtiéndose de nuevo. No me gusta que no se tome en serio nada.
Vaya mierda
[De Las aventuras de Godo y Yo, contados por Godo, ediciones Ventriculares, Barcelona, 2008.]
miércoles, 10 de septiembre de 2008
"Les se" vino
Y ellos, apagada sus voces por la del narrador, escuchabon esa tercera voz. Les dijo algo claro:
Se me viene de tal forma que no puedo controlarlo ni dominarlo. Se me viene fugaz como en un arrebato de melancolía y lucidez. Se me viene solamente en la soledad permanente que presiento que me siente y no me suelta hasta morderme de rabia real. Se me viene que sois yo, de mi, la parte que mas quiero y, por decir algo más al yugo apretado de mi cuello, se me antoja absurdo un abrazo contenido irrealizado.
No se miraron, se quedaron pensando. El narrador desapareció y les dijo que después de aceptarlo y comprenderlo vendrían algunas risas.
[citado de Esta es la voz que os doy, de Nos en Godo y Yo, desde Japón]
martes, 9 de septiembre de 2008
2/2. Contenido
- Godo: Me parece, digo Yo, que ya te he dejado hablar como pedías y que ahora, como es de ley, me toca a mí. Ya sabemos los dos (los tres) que son pocos los momentos que tenemos para el hablar y el decir; quizás por eso nos peleamos tanto, quizás no, y sea esa nuestra naturaleza. Yo a lo peor soy más reflexivo. No. Menos impetuoso.
Venía a cuento el comentario de la otra cara de la moneda, a propósito de algunas manifestaciones cortometrajéticas, en la que pertoca una interpretación: el qué, después de tu posible cómo (no son más, en el fondo, que interpretaciones las dos).
Digamos que parto de un supuesto donde la Soledad es insoportable (también la levedad, que quizá es lo mismo) y que se comparte (¿sigue siendo Soledad al compartirse?). Digamos, por no hablar de, que en un vacío tal sólo nos tenemos los yoes y los godo(e)s y que, en busca de una grieta que nos dote de sentido y permita la salida de ese cuarto tan blanco e infinito (aquella querida “y”, conjunción), se nos presenta una solución: la no acción del pensamiento, la vaguedad, lo simple y por eso bello, entendible, soportable. Hablemos, por no decir de, que en dicho caso, y sin grieta, nos abrazamos y nos contagiamos de cierta histeria. Nos unimos. Somos uno. Algo de sangre aparece, por el dolor de la ignorancia. No hay polos opuestos ni posibilidad de satisfacción. No hay posibilidad.
Digamos, y digo, que posiblemente ya seamos vulnerables, siendo tan enteros y tan nosotros, a cualquier imagen, mensaje, que no ofrece duda. Digamos que la duda se desvanece, incluso la de la muerte y su posibilidad como salida. Es casi ya tan inevitable como terrible. Siempre hasta ahí, hasta que nos encontremos, dividiéndonos, contraviniendo.
Cualquiera de las dos opciones, revela una realidad gris.
- Yo: creamos que te equivocas. Yo… piensa todo lo contrario, ejem – dijo con cierta ironía y expresión de miedo.
[extracto de Godo: uno, dos, tres, aliviémonos otra vez. Con subtítulo 1984].
jueves, 4 de septiembre de 2008
1/2. Forma
-Yo: Godo, sospecho [después, ahora déjame hablar, cojones, critícame sobre la duda para variarte] sospecho digo que la intensidad no tiene que ver con la duración, es decir, no tiene ninguna relación directa con el tiempo. Al menos con lo que comúnmente me viene a la cabeza al escuchar "tiempo": una dirección, en línea recta, perpetuada por los siglos de los siglos hasta perderse en la noche de los tiempos. Se me antoja más influido por el tiempo, que no por el tiempo (xD), nuevamente definido: tampoco entendido como el eterno retorno de Nietschze (aunque veríamos la belleza de la rutina y de su repetición); el tiempo como la incesante agonía del pasado desintegrándose en el presente (otra cita, los últimos serán los primeros ahí en eso (esta no lo es)).
Sigo sospechando, en síntesis, aún ahora, en este presente tan poco duradero, que la intensidad, a la fuerza corta, da como resultado una especie de conmoción unida a algo bello (a saber qué quiere decir esto). Es la misma intensidad mantenida a lo largo y estrecho de un microrrelato, de un cuento, de un cortometraje, de una madre regando las plantas con devoción e ilusión durante 20 segundos.
La inmovilidad que ofrece la contemplación de algo intenso, casi siempre bello. Cualquier cosa.
-Godo: Yo pienso/a...ejem. Yo pienso todo lo contrario- dijo sin ironía y risueño.
Sigo sospechando, en síntesis, aún ahora, en este presente tan poco duradero, que la intensidad, a la fuerza corta, da como resultado una especie de conmoción unida a algo bello (a saber qué quiere decir esto). Es la misma intensidad mantenida a lo largo y estrecho de un microrrelato, de un cuento, de un cortometraje, de una madre regando las plantas con devoción e ilusión durante 20 segundos.
La inmovilidad que ofrece la contemplación de algo intenso, casi siempre bello. Cualquier cosa.
-Godo: Yo pienso/a...ejem. Yo pienso todo lo contrario- dijo sin ironía y risueño.
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