Introducción
Las paradojas de Zenón son una serie de paradojas o aporías, ideadas por Zenón de Elea, para apoyar la doctrina de Parménides de que las sensaciones que obtenemos del mundo son ilusorias, y concretamente, que no existe el movimiento. Racionalmente, una persona no puede recorrer un estadio de longitud, porque primero debe llegar a la mitad de éste, antes a la mitad de la mitad, pero antes aún debería recorrer la mitad de la mitad de la mitad y así eternamente hasta el infinito. De este modo, teóricamente, una persona no puede recorrer un estadio de longitud, aunque los sentidos muestran que sí es posible.
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La Tortuga y Aquiles
Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.
En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.
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- Godo, ¿estás bien?
- (meditando) diezmiltrillonésima... menuda aporía!
- ¿Menuda?
Relato de Augusto Monterroso, sin derechos de autor, con google.
sábado, 13 de diciembre de 2008
viernes, 5 de diciembre de 2008
La ostia y el cardenal
Era de noche. Oscuro.
Me desperté sudando, frío, pero sudando y sobresaltado. No había nadie en la cama, tampoco tendría por qué haber nadie. Hacía ya tiempo que decidí cortar de raíz con el mundo. Y ahora era de noche. Había soñado que me querían matar, una sombra, de hombre o de mujer, no lo sé, pero venía a por mí y yo le tenía miedo. Mucho.
Todo estaba a oscuras, como ahora, pero allí no existía luz, apenas la de una iglesia, como un hostal de carretera rojo, abandonada en medio de la nada, en medio del mar. Tenía la capacidad de correr por encima del mar y, allí, flotaba esa débil luz, ese templo. No entiendo cómo se sostenía, ni siquiera ahora que sé que ha sido un sueño. Detrás tenía un carnívoro cuchillo, de hoja dulce y homicidad que empuñaba una sombra.
Tenía miedo de quedarme, porque me alcanzaría, pero parecía que tenía más miedo a seguir hacia delante. Además, al quedarme quieto perdía la capacidad de caminar sobre las aguas, de sostenerme. Todo me obligaba hacia el templo, la única luz.
Entré apresurado, tanto que me di una hostia en toda la boca y sangré. Parece que conservo todos los dientes... Sí, los conservo, no me he caído de la cama. El templo se convirtió en hospital, pluf, de la nada, como de la nada venía, y aparecí tendido sobre una mesa de quirófano. Entendía que me operarían la mandíbula por el golpe, por la hostia de antes.
Me he despertado de golpe y tengo que escribir la pesadilla en algún papel. Como éste. Lo vi en una película, si lo apuntas y luego lo quemas, desaparece la angustia y el miedo. Será un placebo inventado por los psicólogos... Pero no lo puedo quemar, porque cuando lo intento, me veo otra vez en el sueño, tendido, y me aparece un cardenal, quizás por el golpe, que hace las veces de médico, pero es cura. Y no cura. Venía con un soplete hacia mí. Creo que era la sombra que me perseguía. Todo lo tenía calculado. Parecía el inventor del Destino.
Aún siento la presión sofocante del calor en la cara, en la boca y en la herida cerrada, amoratada, como si fuera a aparecer un maldito cardenal. No puedo quemarlo. Ese morao, al final del sueño, me dio la sensación de no hacer justicia a todo el miedo que había pasado, ni tampoco al daño. Era lila, oscuro, pequeño, síntoma de un golpecito. Pero no era así, era el disfraz de mi quemadura, nadie verá tanto como Yo detrás de un cardenal.
Amanece. Depúes de poner la radio, Yo se va a abrir la ventana, y se atropella de ideas. Mira. Piensa. Sube el volumen para no escucharse:
Reproducción de un Papelajo escrito por Yo y encontrado por Godo, en el bolsillo de su pantalón.
Me desperté sudando, frío, pero sudando y sobresaltado. No había nadie en la cama, tampoco tendría por qué haber nadie. Hacía ya tiempo que decidí cortar de raíz con el mundo. Y ahora era de noche. Había soñado que me querían matar, una sombra, de hombre o de mujer, no lo sé, pero venía a por mí y yo le tenía miedo. Mucho.
Todo estaba a oscuras, como ahora, pero allí no existía luz, apenas la de una iglesia, como un hostal de carretera rojo, abandonada en medio de la nada, en medio del mar. Tenía la capacidad de correr por encima del mar y, allí, flotaba esa débil luz, ese templo. No entiendo cómo se sostenía, ni siquiera ahora que sé que ha sido un sueño. Detrás tenía un carnívoro cuchillo, de hoja dulce y homicidad que empuñaba una sombra.
Tenía miedo de quedarme, porque me alcanzaría, pero parecía que tenía más miedo a seguir hacia delante. Además, al quedarme quieto perdía la capacidad de caminar sobre las aguas, de sostenerme. Todo me obligaba hacia el templo, la única luz.
Entré apresurado, tanto que me di una hostia en toda la boca y sangré. Parece que conservo todos los dientes... Sí, los conservo, no me he caído de la cama. El templo se convirtió en hospital, pluf, de la nada, como de la nada venía, y aparecí tendido sobre una mesa de quirófano. Entendía que me operarían la mandíbula por el golpe, por la hostia de antes.
Me he despertado de golpe y tengo que escribir la pesadilla en algún papel. Como éste. Lo vi en una película, si lo apuntas y luego lo quemas, desaparece la angustia y el miedo. Será un placebo inventado por los psicólogos... Pero no lo puedo quemar, porque cuando lo intento, me veo otra vez en el sueño, tendido, y me aparece un cardenal, quizás por el golpe, que hace las veces de médico, pero es cura. Y no cura. Venía con un soplete hacia mí. Creo que era la sombra que me perseguía. Todo lo tenía calculado. Parecía el inventor del Destino.
Aún siento la presión sofocante del calor en la cara, en la boca y en la herida cerrada, amoratada, como si fuera a aparecer un maldito cardenal. No puedo quemarlo. Ese morao, al final del sueño, me dio la sensación de no hacer justicia a todo el miedo que había pasado, ni tampoco al daño. Era lila, oscuro, pequeño, síntoma de un golpecito. Pero no era así, era el disfraz de mi quemadura, nadie verá tanto como Yo detrás de un cardenal.
Amanece. Depúes de poner la radio, Yo se va a abrir la ventana, y se atropella de ideas. Mira. Piensa. Sube el volumen para no escucharse:
Reproducción de un Papelajo escrito por Yo y encontrado por Godo, en el bolsillo de su pantalón.
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